Un estudio realizado en el Bushehr Heart Hospital, en Irán, evaluó cómo una intervención educativa y organizacional aplicada al triage cardíaco mejoró el desempeño de enfermería, acortó tiempos clave de atención en pacientes con cardiopatía isquémica y elevó la satisfacción de los pacientes.
Una intervención focalizada sobre un problema crítico
La atención inicial de los pacientes que consultan por dolor torácico o sospecha de síndrome coronario agudo continúa siendo uno de los puntos más sensibles dentro de los servicios de emergencias.
En ese escenario, cada minuto ganado o perdido puede modificar de manera sustancial la oportunidad diagnóstica, la velocidad terapéutica y, en muchos casos, el pronóstico posterior.
Bajo esa premisa, el estudio “The impact of optimizing the triage process for cardiac patients presenting to the cardiac emergency department on quality of care indicators: a quasi-experimental study in Southern Iran” analizó qué ocurre cuando el triage cardíaco deja de ser una rutina generalista y pasa a ser abordado como un proceso especializado, con formación específica, protocolos claros y mejores condiciones organizativas.
La investigación fue desarrollada en el Bushehr Heart Hospital, en Irán, mediante un diseño cuasi-experimental pre-post, entre el 21 de julio de 2024 y el 18 de febrero de 2025. En total participaron 20 enfermeros de triage y 400 pacientes adultos de 18 años o más, distribuidos en dos grupos de 200 pacientes antes de la intervención y 200 pacientes después de la intervención.
La lógica del trabajo fue concreta: comparar indicadores de calidad asistencial antes y después de optimizar el proceso de clasificación inicial de pacientes con cardiopatía isquémica (IHD, Ischemic Heart Disease).
La relevancia del problema excede el ámbito local. Las enfermedades cardiovasculares continúan siendo la principal causa de muerte a escala mundial.
En el trabajo se señaló que representan el 31% de las muertes globales, equivalentes a 18,6 millones en 2021, mientras que en Irán explican el 26% de la mortalidad total. Esa carga epidemiológica ayuda a entender por qué la mejora de los procesos en emergencias cardíacas no es un detalle administrativo, sino una estrategia potencialmente decisiva para elevar la calidad asistencial.
Cardiopatía isquémica e indicadores de calidad en la guardia
La cardiopatía isquémica constituye una de las presentaciones más desafiantes para cualquier equipo de urgencias. Aunque algunos cuadros pueden expresarse de manera clásica, con dolor precordial opresivo y síntomas vegetativos, otros se presentan con manifestaciones atípicas o ambiguas. Esa variabilidad clínica vuelve especialmente importante al triage: se trata del momento en que debe decidirse, con rapidez y precisión, qué pacientes requieren evaluación inmediata, cuáles necesitan estudios urgentes y cuáles pueden esperar sin comprometer su seguridad.
El estudio se enfocó en varios indicadores de calidad asistencial, entre ellos el rendimiento del personal de enfermería durante el triage, la satisfacción de los pacientes y distintos tiempos críticos vinculados a la atención.
No se trató únicamente de medir si el proceso era más veloz, sino de evaluar si era mejor: más ajustado a guías, más sensible a los síntomas cardinales, más capaz de reconocer factores de riesgo y más consistente en la toma de decisiones. Esa perspectiva es especialmente valiosa porque, en la práctica, la calidad del triage no depende solo de cuántos minutos demanda, sino de cuánto valor clínico agrega en esos minutos.
Dentro de ese contexto, el trabajo recordó que uno de los sistemas más utilizados en emergencias es el Emergency Severity Index (ESI, Índice de Severidad de Emergencia).
Este instrumento permite clasificar pacientes según gravedad y necesidad de recursos, pero presenta limitaciones conocidas cuando se aplica a pacientes con dolor torácico, especialmente cuando el riesgo cardiovascular no se expresa de manera evidente desde el primer contacto. Por ese motivo, fue planteada la necesidad de fortalecer el triage con entrenamiento específico orientado al reconocimiento de la isquemia y al cumplimiento de guías cardiológicas.
Emergency Severity Index y límites del triage tradicional
Uno de los aportes más importantes del estudio fue poner en evidencia que el triage general, aun cuando se base en herramientas ampliamente difundidas, puede resultar insuficiente ante presentaciones cardiovasculares complejas. El Emergency Severity Index (ESI) es útil para ordenar prioridades asistenciales, pero no siempre logra captar con la misma precisión a los pacientes con dolor torácico de alto riesgo, sobre todo cuando los signos vitales iniciales son relativamente estables o cuando los síntomas no encajan en una forma típica.
Ese punto es clínicamente relevante. En la atención de emergencias cardíacas, una clasificación subóptima puede retrasar la realización del electrocardiograma (ECG), demorar el inicio de la analgesia, posponer la detección de signos de isquemia miocárdica y afectar la activación temprana de otros circuitos asistenciales.
El triage, por lo tanto, no solo distribuye pacientes: también condiciona la secuencia diagnóstica y terapéutica posterior.
Frente a esa limitación, la intervención evaluada fue diseñada con un enfoque más específico. El objetivo no consistió en reemplazar el triage, sino en refinarlo mediante capacitación, estandarización y mejoras operativas. La hipótesis implícita fue que una enfermería entrenada con criterios cardiológicos, respaldada por recursos materiales adecuados y por una mejor organización del entorno, podría identificar con mayor rapidez y precisión a los pacientes con riesgo de isquemia. Los resultados obtenidos respaldaron en gran medida esa hipótesis.
Qué incluyó la intervención basada en American College of Cardiology y American Heart Association
La optimización del proceso no dependió de una única medida. Por el contrario, la intervención fue construida como un paquete integrado que combinó capacitación específica, ajustes organizacionales y mejoras materiales. El componente educativo se basó en las guías de la ACC/AHA, es decir, del American College of Cardiology (Colegio Americano de Cardiología) y la American Heart Association (Asociación Estadounidense del Corazón), dos referentes centrales en la elaboración de recomendaciones clínicas para pacientes con síndromes coronarios y otras patologías cardiovasculares.
El entrenamiento fue realizado de manera presencial, dentro del lugar de trabajo, con escenarios clínicos y una duración de 3 semanas. Ese detalle no es menor. La capacitación situada, aplicada sobre casos clínicos concretos, suele facilitar la transferencia a la práctica cotidiana mucho más que las instancias exclusivamente teóricas.
En lugar de recibir conceptos abstractos, los enfermeros pudieron entrenarse en el reconocimiento de síntomas sugestivos de isquemia, la valoración de factores de riesgo, la aplicación de protocolos y la toma de decisiones iniciales en contextos cercanos a la realidad operativa.
A ello se sumaron mejoras en infraestructura, equipamiento y dotación de personal. El estudio destacó particularmente la disponibilidad de monitor cardíaco, tensiómetro y termómetro digital, así como el fortalecimiento del equipo humano en el área de triage.
También fue mencionada una mejora de la comunicación interdisciplinaria, aspecto frecuentemente subestimado pero determinante para que la información relevante circule rápido y sin pérdidas entre enfermería, médicos y otras áreas del servicio.
En conjunto, la intervención fue concebida como una reformulación del triage cardíaco: no solo se enseñó mejor a hacer triage, sino que se crearon mejores condiciones para hacerlo.
Mejoró 58,67% el rendimiento global de enfermería
Uno de los resultados más contundentes del trabajo fue la mejora del 58,67% en el rendimiento global de enfermería en triage tras la intervención. Ese incremento sugiere que la combinación entre formación específica, protocolos basados en guías y cambios organizativos tuvo un efecto amplio sobre la calidad de la evaluación inicial.
El dato adquiere aún más relevancia al observarse lo ocurrido en las distintas subdimensiones evaluadas. El manejo de triage mejoró 35,7%, la evaluación inicial del paciente aumentó 36,5%, la evaluación de factores de riesgo cardiovascular creció 41,16% y la evaluación de síntomas mostró una suba de 51,28%. Todo ello indica que el cambio no fue superficial ni limitado a un único aspecto del proceso, sino que abarcó componentes esenciales de la práctica clínica.
El resultado más llamativo se observó en el manejo del dolor, que se incrementó 197%. Esa magnitud probablemente refleje que el dolor torácico, lejos de ser considerado un síntoma inespecífico, fue abordado luego de la intervención como una señal prioritaria dentro del circuito asistencial.
En pacientes con sospecha de cardiopatía isquémica, esa modificación puede traducirse en menor sufrimiento, mejor experiencia de atención y mayor alineación con estándares de calidad.
También se registró una mejora de 41,99% en la adherencia a las guías ACC/AHA, lo que refuerza la idea de que el entrenamiento no solo aumentó conocimientos, sino que logró modificar conductas y criterios aplicados en tiempo real. En términos prácticos, esto implica que la atención inicial pasó a parecerse más a lo recomendado por la evidencia y menos a decisiones aisladas o dependientes exclusivamente de la experiencia individual.
Menos demoras en analgesia y electrocardiograma
Más allá de las escalas de rendimiento, uno de los focos principales del estudio fueron los tiempos asistenciales críticos, porque en el contexto de una emergencia cardíaca esos minutos tienen valor clínico. Tras la intervención, el tiempo door-to-pain, es decir, el intervalo entre la llegada del paciente y el inicio de la analgesia, se redujo 50,04%, pasando de 22,6 a 11,29 minutos.
También fue registrada una reducción del 55,22% en el tiempo door-to-ECG, es decir, desde la llegada hasta la realización del electrocardiograma (ECG), que pasó de 19,99 a 8,95 minutos.
Este hallazgo probablemente sea uno de los más importantes del trabajo, ya que el ECG temprano es una pieza central en la evaluación de pacientes con dolor torácico y sospecha de síndrome coronario agudo. Acortar ese tiempo puede facilitar el reconocimiento temprano de alteraciones isquémicas, acelerar decisiones terapéuticas y ordenar con mayor rapidez la conducta clínica posterior.
Otro indicador que mejoró fue el tiempo desde la llegada del paciente hasta la finalización del triage, que disminuyó 40,46%.
Esto sugiere que, aun con un proceso más cuidadoso y mejor estructurado, el circuito general desde el ingreso hasta completar la clasificación inicial pudo resolverse con mayor eficiencia.
En conjunto, estos resultados señalan que la optimización del triage no solo elevó la calidad técnica de la evaluación, sino que logró traducirse en una reducción concreta de demoras en acciones especialmente sensibles para la atención de pacientes cardíacos.
Por qué aumentó el tiempo total de triage
Uno de los hallazgos más interesantes del estudio fue que, al mismo tiempo que se acortaban varios tiempos críticos, el tiempo total de triage aumentó 28,57%, al pasar de 2,8 a 3,6 minutos. Lejos de ser interpretado como un fracaso, este resultado fue leído por los autores como una señal de mayor precisión clínica.
La explicación es razonable. Un triage extremadamente breve no necesariamente es un triage eficiente; puede ser, en algunos casos, un triage incompleto.
Cuando la evaluación incluye una mejor pesquisa de síntomas, una valoración más detallada de los factores de riesgo cardiovascular, una interpretación más ajustada de la situación clínica y una mayor adherencia a protocolos, es esperable que demande algunos segundos o minutos adicionales. En otras palabras, el proceso puede haberse vuelto más lento en su microejecución, pero más útil en su capacidad de detectar riesgos y desencadenar respuestas tempranas.
Este punto tiene una lectura importante para la organización de servicios. Con frecuencia, la calidad del triage es juzgada bajo una lógica de velocidad pura.
Sin embargo, el estudio sugiere que el objetivo no debería ser un triage más corto a cualquier costo, sino un triage suficientemente rápido y clínicamente robusto. Si una evaluación algo más extensa permite activar antes un ECG, iniciar antes la analgesia y mejorar la seguridad del paciente, ese aumento temporal puede ser no solo aceptable, sino deseable.
Satisfacción del paciente y experiencia asistencial
El estudio no se limitó a indicadores técnicos o de proceso. También evaluó la satisfacción del paciente, un componente cada vez más considerado en la medición de calidad asistencial. Tras la intervención, la puntuación pasó de 41,08 a 43,32 puntos, lo que representó un incremento de 5,45%, con una diferencia estadísticamente significativa (p<0,001).
Aunque el aumento pueda parecer más modesto que el observado en otros indicadores, su relevancia es considerable. En una guardia cardíaca, la experiencia del paciente suele estar atravesada por dolor, miedo, incertidumbre y percepción de vulnerabilidad.
Cualquier mejora en la organización, en la comunicación, en el alivio del dolor y en la rapidez de estudios claves puede impactar favorablemente en cómo el paciente interpreta la atención recibida.
Es posible inferir que la satisfacción mejoró no por una causa aislada, sino por la suma de varios cambios: un equipo de enfermería más entrenado, una evaluación inicial más consistente, una respuesta más rápida frente al dolor, menor demora para el ECG y una comunicación interdisciplinaria más ordenada. Todo ello contribuye a generar una experiencia asistencial más segura y más comprensible para quien consulta.
Qué cambió y qué no cambió después de la optimización
A pesar de los resultados favorables, el estudio también mostró que no todos los indicadores se modificaron. En particular, no hubo cambios significativos en el tiempo transcurrido entre la finalización del triage y la evaluación médica, con un valor de p=0,477. Este hallazgo es especialmente relevante porque indica que la optimización del triage, por sí sola, no resuelve todos los cuellos de botella del circuito asistencial.
En términos prácticos, la intervención mejoró la calidad de la evaluación inicial y aceleró ciertos hitos críticos, pero no logró reducir la espera para la consulta médica posterior.
Esto puede reflejar que la demora en esa etapa depende de variables estructurales más amplias, como disponibilidad de médicos, ocupación del servicio, flujo simultáneo de pacientes, complejidad de casos o limitaciones en la capacidad instalada.
El dato introduce una enseñanza importante: los procesos de mejora en emergencias deben pensarse de forma sistémica.
Fortalecer el triage puede generar beneficios claros, pero si el resto del circuito no acompaña, algunos tiempos seguirán resistiendo al cambio. Por eso, los autores concluyeron que todavía existe margen para profundizar estrategias de optimización y explorar intervenciones complementarias.
Fortalezas, limitaciones y lo que deja este estudio
Entre las fortalezas del trabajo se destaca su orientación pragmática. No se trató de una simulación ni de un ejercicio experimental alejado de la práctica real, sino de una intervención aplicada en un entorno clínico concreto, con personal real y pacientes reales.
Además, el hecho de que la intervención haya sido multifactorial aumenta su valor para la gestión sanitaria, porque reproduce mejor la complejidad de las mejoras que suelen implementarse en la vida cotidiana de los hospitales.
Sin embargo, los autores también señalaron limitaciones importantes. En primer lugar, se trató de un estudio unicéntrico, realizado en un solo hospital, por lo que la extrapolación de los resultados a otros contextos debe hacerse con cautela. Las características del servicio, del equipo de trabajo y del sistema de salud local pueden influir en la magnitud del efecto observado.
En segundo lugar, no fueron evaluados resultados clínicos duros, como mortalidad, complicaciones u otros desenlaces mayores.
Esto implica que, aunque se hayan documentado mejoras claras en el proceso de atención y en la satisfacción del paciente, todavía no puede afirmarse a partir de este estudio que la intervención reduzca eventos clínicos adversos o mejore el pronóstico a largo plazo.
También fue reconocida la posible influencia del efecto Hawthorne, es decir, la modificación del comportamiento de los participantes por el hecho de saberse observados, especialmente en un estudio sin cegamiento.
Ese factor podría haber contribuido, al menos en parte, a las mejoras registradas.
Pese a esas limitaciones, la conclusión general del trabajo es consistente: cuando el triage cardíaco es fortalecido mediante entrenamiento estructurado, mejoras organizativas y recursos adecuados, el personal de enfermería mejora su desempeño, se acortan tiempos clave de atención y la percepción del paciente sobre la calidad asistencial también se eleva. Queda pendiente, sin embargo, determinar si estas mejoras se sostienen en el tiempo y si terminan impactando en desenlaces clínicos más duros.
Conclusión
La optimización del triage cardíaco mostró que pequeñas transformaciones bien dirigidas pueden generar mejoras relevantes en la atención inicial de pacientes con cardiopatía isquémica. El entrenamiento específico, el uso de guías, la mejor organización y la disponibilidad de recursos redujeron demoras críticas y elevaron la calidad del proceso, aunque persisten desafíos en la espera hasta la evaluación médica y en la demostración de beneficios clínicos a largo plazo.
Referencias
Autor
El equipo de redactores de Sapue realizo esta historia, utilizando herramientas editoriales, de traducción e inteligencia artificial. El proceso de redacción contó con incidencia humana en cada etapa.
